Francisco Concepción. La Caldera de Taburiente
EXPOSICIÓN
Del 10 de octubre al 8 de noviembre de 2014

Organiza

Fundación CajaCanarias

Lugar

Espacio Cultural CajaCanarias
Plaza de España, 3
Los Llanos de Aridane, La Palma



Presentación

FRANCISCO CONCEPCIÓN (Santa Cruz de La Palma, 1930-2006).

Francisco Concepción murió con setenta y seis años y medio y no conoció la vejez. Con setenta y seis años y medio seguía pintando óleos al aire libre cada tarde de sábado, un cuadro de una atacada, entre dos y tres horas de gozosa laboriosidad en telas de lino sobre bastidores de sesenta y cinco por cuarenta y cinco. Empujado por una febril vocación sin precedentes familiares, desde la adolescencia se tomó el trabajo de pintor tan a pecho como los maestros impresionistas a los que emulaba: quería acercarse a la perfección formal con pinceladas densas, fulgurantes, pero sólo la encontraba en el propio objeto de atención que le sugería la realidad, irregular y hermosa, medio y fin al mismo tiempo. La pintura vendría a ser el pretexto de una vida de acción y, no obstante, contemplativa, fundamentada en el asombro ante los primores de la naturaleza.

Una vida no muy diferente de la de los biólogos que con humildad toman anotaciones a la sombra de un pino. Francisco Concepción recorría palmo a palmo los catorce pueblos de la isla, trataba a su gente con cortés campechanería, identificaba los antiguos caminos reales, reconocía cada montaña por su nombre, asistía en verano a la siega del trigo, predecía la inminencia de la lluvia… También él llegó a convertirse en un maestro del arte y del oficio que lo emparentaban con los cazadores de Altamira. Como tal muy poco o nada le importaban las medallas que conceden o niegan los críticos. Sencillamente sentía que su deber no era otro que estar a la altura de los artistas que admiraba, empezando por dos paisanos que lo iniciaron en la técnica de la acuarela, Antonio González Suárez y Mario Baudet. Más adelante, ya en la madurez, durante años compartiría esta felicidad creadora con nuevos y sucesivos compañeros que hasta el último momento lo acompañaron en sus excursiones sabatinas, o en la Caldera, bajo los auspicios del afecto incondicional.

El listado de nombres que se abigarran en esta memoria común abarca más de una generación y casi no tiene fin. Aun así, habría que precisar que Francisco Concepción comenzó su gran aventura a solas, con intuición de autodidacta, pintando en casa bodegones y retratos de miradas profundas. Pero también muy pronto dejó que el paisaje, sobre todo el de La Palma, y el del parque de la Caldera de Taburiente por encima de ningún otro, se adueñara de él como un largo sueño que se materializa y se hace color. El color no engaña, el color es la verdad, solía decir. El color se transforma en materia, en aire, en agua, y viceversa. Con setenta y seis años y medio Francisco Concepción aún pintaba dos cuadros diarios dentro de la Caldera, a la que desde 1947 acudía con maniática regularidad en febrero y en julio, a veces también en octubre. Con setenta y seis años y medio todavía se bañaba por las mañanas en un estanque de agua gélida de Taburiente, rodeado por montañas de tonalidades variables.

Pintó calderas como nadie, todas diferentes porque diferentes eran en cada caso la atmósfera, el peso del sol, la brisa y el brillo de las hojas; pero además pintó marinas como nadie, y pintó como nadie pescadores y campesinos con boina y retranca, y pintó como nadie huertos y árboles envueltos en todos los verdes que admiten la flora y la paleta, y pintó las Cañadas del Teide y los volcanes de Lanzarote y los rincones urbanos de París y Segovia y Granada, y pintó por el derecho y por el revés los barrios castizos y las avenidas monumentales de Madrid, ciudad de ciudades en la que se hizo un hombre como alumno de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con setenta y seis años y medio, por enésima vez, Francisco Concepción pasó por Madrid, adonde con frecuencia recalaba de vacaciones para visitar diariamente el Museo del Prado, o mejor dicho para visitar diariamente a Tiziano, Goya, Velázquez y los demás. Con ellos desentrañaba la raíz de los enigmas cromáticos, la valentía de un toque de luz donde menos se espera, el secreto de la composición idónea que no se hace notar. No podía faltar a la cita. Por placer y por superstición, sus recorridos madrileños cumplían paso a paso un protocolo que no admitía deslices ni aplazamientos. Cada nueva jornada se ajustaba al plan de la anterior: por la mañana, el Prado y alguna que otra exposición en las galerías de Claudio Coello y alrededores; al mediodía, caña de cerveza y plato de cuchara; después de almorzar, sesión de cine en la Gran Vía, y más tarde, al anochecer, tabernas de la Cava Baja, todas ellas ya frecuentadas desde sus tiempos de estudiante. Fuese cual fuese el local, a Franscisco Concepción le gustaba departir con el camarero y con quien le brindara una mirada franca. En la barra de los bares se aprende mucha Historia Universal, mucha psicología, mucha teoría del toreo, mucha táctica de fútbol. Francisco Concepción nunca ocultó hasta qué punto le gustaba tomarse sus chatos y sus güisquis. Era uno de esos legendarios bebedores que jamás se emborrachan ni pierden las buenas maneras ni dejan que la tez se encienda violácea ni mucho menos se apague cerúlea.

Ah, el color no engaña. Había en él algo de ministro de educación y ciencia y algo de calavera incorregible que se le desataba en la punta de la lengua con ocurrencias dignas de un redactor de La Codorniz. Admiraba a Tono, Mihura, Mingote, y leía novelas de detectives y tebeos de la escuela belga, y se emocionaba con las películas del oeste. Luis Mateo Díez no se equivocó cuando vio en él la encarnación de un personaje de John Ford por el amor que profesaba a las cosas elementales y por el modo en que cantaba “Las golondrinas” con los amigos. Jamás se permitió el aire de grandeza, ni siquiera cuando el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma puso su nombre a la calle donde se crió, el mayor de los honores para alguien que disponía de la lucidez necesaria con que distinguir el grano de la paja. Ya se sabe, Francisco Concepción no conoció la vejez.

Ni con setenta y seis años y medio sobre los hombros. Tras sobrevenirle una indisposición sin aviso, de repente presintió que padecía alguna enfermedad mortal aunque no se dio por enterado. Entró y salió deprisa de los hospitales y a la vez optó por seguir viviendo el día a día como si nada porque, protegido entre tantos hijos y nietos, le consolaba comprobar cómo se mantenía el tono saludable en su piel de héroe del lejano oeste. El color no engaña, claro, el color es la verdad. Y así, antes de marchitarse y contra todo pronóstico, sin saber a ciencia cierta qué clase de lenta agonía se iba a ahorrar, una tarde de sábado, ¿cuándo, si no?, dejó que el ángel de la guarda lo cogiera de la mano para llevárselo a la gloria, por supuesto la gloria de los justos, entre el azul ultramar de la Capilla Sixtina, las nubes grumosas de Sisley y los tientos de espátula con que Monet remarca la untuosidad del sol, esa suprema flor roja de almendro, un fisquito de bermellón y otro de amarillo cadmio aglutinados por el blanco titanio. Y se ha quedado indemne allí, en la mismísima luz de almendro que con tanta insistencia escrutaba antes del primer roce de pincel sobre la tela. No podía ser de otro modo. Francisco Concepción transmutado en color o luz. Color o alegría para siempre. Aquella alegría suya lo sobrepasaba todo. Todavía lo sobrepasa todo. Los muertos, al menos nuestros muertos, nos hablan, y, si nos detenemos a escucharlos, incluso se expresan con nosotros. Eso es lo que ahora mismo dice Francisco Concepción, que lo dejemos expresar con nosotros, por nosotros, la belleza de la vida, la belleza de la alegría de vivir.

Anelio Rodríguez Concepción

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