Presentación

La urgencia de lo imprevisto

A propósito de unas pinturas de Francisco Orihuela

Un color de sustancias minerales cubre la superficie de los lienzos. El pintor, en una ejecución rápida, en una entrega directa, totalmente libre, sin leyes auto-impuestas y sin concesiones al concepto o a la idea misma de la pintura, compone una partitura de superficies y capas de color, mixturas y yuxtaposiciones donde predominan los azules, el rojo o el amarillo. El suyo es un gesto antiguo; una acción que se convierte en ritual a base de ritmo y repetición, y que vuelve a contarnos algo más sobre la sorpresa del creador frente al lienzo o la hoja en blanco: el qué decir. La pintura toma entonces el impulso de un golpe de dados o de una aparición sobre la tela. El pintor no conoce qué caminos tomará o en qué dirección; y su gesto lo conduce, ajeno de toda cosa, hacia los vericuetos de la expresión liberada de cualquier anécdota o accidente. ¿Cuántas veces el pintor ha repetido el mismo gesto iniciático frente al lienzo? ¿Cuántas veces ha manchado de color las tablillas sobre las que dibuja en busca de no se sabe qué, sin ni siquiera saber cuál será el resultado de su aventura?

La pintura de Francisco Orihuela se nutre de cierta inclinación hacia el automatismo cromático: se quieren asépticas, limpias, desprendidas de toda experiencia. Pero se adivina en ellas el balbuceo de lo inacabado; el borboteo de manchas que surgen desde el fondo a la manera de cicatrices; la huella de la vida que ha dejado su impronta y condiciona todo lo que su retina toca. Sus lienzos están plagados de desgarros de la materia, de una sobreabundante yuxtaposición de densidades de color que se agolpan unas sobre otras esparciéndose en todas direcciones y compitiendo entre sí por sobresalir de entre la superficie de la materia pictórica. Al mismo tiempo, estas pinturas huyen de la grandilocuencia y se alejan de los grandes tabloides. Existe, ahora, una preferencia por la miniatura y la brevedad del discurso. La elección de una pintura de incandescencias minúsculas: no la iluminación de una mañana atlántica, sino el fulgor quebradizo de las ascuas del fondo de una hoguera, tan solo recibidas como señales de humo o banderas de esperanza por quien las contempla a lo lejos.

Hay una mancha de color abstracta de cuya base sobresalen formas geométricas: luces o destellos de luces que brotan desde la oscuridad del fondo de la pintura, como el blanco prístino de los glaciares que tanto ha impresionado al pintor en sus numerosos viajes al sur del continente americano. Quizás esa experiencia –la contemplación de los glaciares– haya modificado su percepción y su manera de entender la pintura: existe en ella una luz que se desprende del lienzo y nos dispara directamente a los ojos; algo así como un vestigio de ilusiones perdidas o un color amarillo que es un ocre que es un azul vuelto en oro. Manchas de color abisal. Espasmos de pintura fría de apariencia inacabada. Una pintura que construye fabulosas y sólidas estructuras de un azul casi índigo que le ha robado al blanco su incandescencia y pureza. Un pintura que se busca a sí misma; que lucha por ser huella o testigo del presente, al tiempo que las colosales cordilleras de glaciares, resistentes y quebradizas a un tiempo, arriesgan su existencia al cambio de los ciclos.

Una pintura que aspira a detener lo irremediable, lo mismo que el tiempo atrapado en una capa de hielo. Una pintura envuelta en la urgencia de lo imprevisto, de una aparición sobre la tabla o el lienzo. La tentativa de lo eterno que queda tras el paso de lo efímero; del viento que corre, de la inminencia de las rocas cayendo. La belleza intocada del mundo que se licúa y desaparece.

Isidro Hernández Gutiérrez