Presentación

Las fronteras de la desesperación. El Intoitus de Pepa

Las primeras fotografías que conocí de Pepa Sosa, me hicieron recordar unas imágenes fi jadas hacía mucho tiempo en la memoria. La fotografía de los maestros fotográfi cos del simbolismo. Retratos, cuerpos y seres que emanan luz, clichés negativos o positivos del alma, impregnaciones del aura, o su artifi ciosa y dramática fi cción que simula aquello que ya no está... el alma. Siluetas de deidades femeninas que surgen durante la crisis de la primera modernidad, complejas fantasmagorías de una espiritualidad, de una totalidad perdida. Ésa era la fascinación de las siluetas que se proyectaban detrás o delante de un espejo, o los pies de una mujer que se acercaban a la orilla. Esta premeditada evanescencia contrastaba (y contrasta, de hecho, Introitus es la escenifi cación de este contraste) con otras imágenes cada vez más frecuentes. Eran éstas, en parte, crónicas que buscaban defi nir las inasibles lindes y los extraños ángulos del viaje. Idas y venidas a Tenerife, percepciones fugaces de una frontera desde el eje elevado de un Ferry-catamarán, muelles que se contraen, perspectivas sesgadas del Atlántico, el lomo huidizo de la Punta de La Aldea, tan esencial para nuestra identidad artística, esa punta que signa el triste y trágico Retrato de Tomás Morales que le hizo su amigo Nicolás Massieu y Matos poco antes de morir.

La conciencia del viaje, con su incómoda fragmentación, no hallaba, ni halla solaz en la tierra fi rme, o más bien, en sus costas. Pepa Sosa fotografía con insistencia y motivación misteriosa, las ruinas de antiguos territorios costeros. Tapias derruidas, viviendas agrícolas con sus dependencias abandonadas, explanadas costeras que apenas sirven para un paseo, prados yermos, atarjeas secas, muros que una vez protegieron la umbría de los cultivos. Aunque no lo expresa verbalmente, sí que lo explicita en la imagen. Esta tierra de nadie ruinosa, sea aquí, en Gran Canaria, o en las islas mediterráneas de Grecia, es la frontera destruida que recibe a los que emigran. Un perímetro precario de ruinas, un espacio de decadencia, signo fatal y primero que encuentran los “migrantes” (problemática, peligrosa defi nición) que llegan a nuestras costas, esa trágica punta de lanza de la macrocrisis humanitaria que comienza a desenterrar los peores fantasmas de nuestra historia contemporánea. Hay una extraña simbiosis entre la sensibilidad de esta artista y este imaginario naturalista y neo-simbolista.

¿Una incurable melancolía? ¿Cómo el ángel de Durero, a la vez, iracundo y depresivo ante las claves de un destino contra cual nada puede? ¿O, emerge, de nuevo, el profundo surrealismo de nuestra condición? Ese frágil molino de batería eléctrica que Juan Ismael pinta al borde del abismo. Esa carretera que deviene el horizonte del mar en la pintura de Juan José Gil.

Las fotografías de Introitus actúan como referente concreto y real, como incontestable geografía que enmarca y contextualiza la tragedia, el drama de la travesía. Y, la travesía la narran los lienzos de seda, la puerta-ruina y los somieres ensueño del principio y del fi nal del viaje. La seda, con su fractal y deslumbrante epidermis que conjuga la luz y la sombra, es el símil del iridiscente océano. Sobre esta superfi cie, altamente neo-simbólica, rica y sinfónica en su luminosa y oscura tonalidad, unas desgarraduras ensangrentadas nos muestran el abismo, el hundimiento de la patera, su huella terrible. Introitus es un término de enorme variedad léxica. Un salmo que encauza y eleva la oración, un prólogo que presenta un drama y pide la comprensión y la clemencia de un público, una cavidad orgánica, las paredes siempre cerradas del útero.

Cuando vi los cuadros que integran esta serie, no pude evitar pensar en esa gran obra del gran Pedro González, La Patera. Es como si Pepa Sosa, (en mi lectura simbólica, y sin duda, extravagante, de nuestro imaginario pictórico actual) hubiera respondido “simbolistamente” a todo el drama de esa trashumante humanidad que el pintor fijó a escala renacentista, grabando las huellas del sufrimiento de esos seres que cruzaban el mar en búsqueda de una nueva vida. Las heridas de las grietas abiertas en estos mares de seda, que varían en su aspecto, desde el azul-negro hasta un más esperanzado verde-aguamarina, representan la continuidad de un pensamiento humanitario que nos envuelve, oníricamente, con el abrazo inquietante de la seda.

Los jirones de los deseos, las hebras de la realidad, los restos de la vestimenta, todos los posibles sentidos de la vida, quedan atrapados dentro de espirales metálicas. Pepa Sosa no borda, no cose, pero sí entreteje textiles que se congelan debajo de los cuerpos ausentes, de esas personas desesperadas y llevadas al límite que una noche se desplomaron sobre esos colchones. Los somieres de Introitus nos escalofrían con su belleza trágica, son mapas del infortunio y de la frustración. Rastros neuroquímicos de la esperanza y la fatiga, del miedo y de la ilusión.

Entre la dureza de esta historia oculta y la sutileza matérica de su narración, entre el silencio de la artista y la explosión profunda de su expresión, (una mina submarina que explota en la quietud del abismo) surge esta alegoría moderna del tránsito migratorio y sus dramas. Hay que mirar más allá y sentir. Aceptar el envite del arte y entrar en su laberinto.

Jonathan Allen