Presentación

El paisaje sucede solo en nuestra mente. Todo es ilusorio: el gris ceniciento de una montaña, los mil matices de las coladas que dibujan nuestros roques, la flor más humilde, pongamos una trevina amarilla, el tallo dulce del hinojo que verdea en la orilla de un camino, la tierra esponjosa dibujada por la mano del hombre sobre antiguos bancales de piedra. Todo está sucediendo por primera vez, y todo ocurre en nuestra conciencia.

Nada es hermoso si no existe en la imaginación de quién mira. Ese es el trabajo del fotógrafo: hacer un tajo en el tiempo y, en ese corte, aprehender y hacer durar lo que de otra forma se perdería. La belleza, decía Sor Juana Inés de la Cruz, “es despojo civil de las edades”, flor de un día. Esa belleza de esta tierra atrapó a Renate Müller, hace ya unos 40 años, en los caminos de Masca. Con curiosidad, con la paciencia de una enciclopedista, esta artista ha ido recopilando nuestro paisaje nativo. Las puertas de las casas se craquelan mostrando su historia, los muros escarapelados, la mirada ensoñadora de los niños de nuestros campos, el esplendor de nuestra naturaleza.

Aquel mundo, aquella cercanía a la tierra, al trabajo con las manos, aquel amor a lo pequeño, se va perdiendo. Domingo Pérez Minik decía que Renate Müller quería hacer de esta tierra un paraíso. No es fácil rescatar del olvido para nuestros hijos un mundo que ya no existe. Renate siempre ha sido crítica con la ceguera de este tiempo. Los que quieran, podrán demorarse a escucharla contar cómo monumentos naturales que ella fotografiaba hace no tantos años, ahora no existen. Le duele esta tierra, porque uno solo es de los lugares que ha amado. Esta exposición nos obliga a detenernos y a reflexionar cómo nuestra pasividad puede acabar con este legado. Frente a este conformismo, Renate sigue reclamando la complicidad de nuestra mirada, para despertar la belleza de esta tierra.

Fundación CajaCanarias